Los castigos mitológicos son hermosamente brutales. El castigo de Tántalo consistió en estar en un lago con el agua a la altura de la barbilla, bajo un árbol de ramas bajas repleto de manzanas. Cada vez que Tántalo, desesperado por el hambre o la sed, intenta tomar una fruta o sorber algo de agua, estos se retiran inmediatamente de su alcance. Las cuarenta y nueve Danáides fueron condenadas a llenar un tonel sin fondo, por haber asesinado a sus cuarenta y nueve maridos. El célebre Sísifo fue condenado a subir la piedra a lo alto de una montaña y ver, una y otra vez, como la piedra rodaba hasta la base.

Es difícil conocer que pretendían los dioses con sus castigos eternos. Lo que está claro que la única opción que les queda a los condenados es la absoluta resignación a su suerte.

El díptico que aquí se presenta, encarcela a dos individuos. A la derecha, como un pecador más el hombre busca completar una tarea titánica. Debe construir con infinitos pedazos el muro que cierra su celda. El es a la vez el cautivo y el cautivador. Cada movimiento le conduce inexorablemente hacia la oscuridad. A la izquierda, la mujer es condenada a la misma eternidad, pero su castigo es mucho más cruel ya que carece de una tarea a completar. Se encuentra despojada de cualquier elemento al que aferrarse. Sólo le acompaña una pequeña pieza del rompecabezas, que actúa a la vez como espejo alegórico de su propia situación, a modo de muñeca rusa. Matrioska cúbica, que sirve de único refugio para su brutal soledad.